Participación ciudadana “De la democracia directa a las redes sociales”

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La polis griega incluía a todos sus ciudadanos en la toma de decisiones, esas pequeñas ciudades-estado sorteaban los cargos públicos entre sus ciudadanos (las tómbolas no son nuevas) De esta manera se establecía la democracia directa. Seguramente que a muchos no les gustaba participar pues era como sacarse “la rifa del tigre” quién quiere estar bajo el escrutinio de los demás gratis. ¿gratis? Si claro gratis! Los cargos en la antigüedad eran ad honorem, por el sólo honor de servir a los demás, qué cosas no?, como hemos cambiado…

Después vino la democracia representativa y ahí fue donde las cosas cambiaron. El primer dilema fue saber si los representantes populares únicamente pueden hacer lo que sus representados le indican o si tiene la potestad de decidir por los demás teniendo como legitimidad el voto popular.

Veamos el primer caso, el que los representantes se ciñan a lo que los representados le indican; resulta que el Estado se formó únicamente con dos fines, el primero el de la seguridad de la persona y de los bienes. De esta manera los ciudadanos dotaron al Estado de todo el poder coactivo y coercitivo para hacer cumplir la ley y este fin común. El segundo fin del Estado es el bienestar social, que fue entendido por los gobiernos de diferente manera, pero en términos generales es el bien público, convertido en hospitales, escuelas, parques, jardines, carreteras etc.

El problema es que teniendo todos los satisfactores resueltos, los ciudadanos están poco interesados en participar, por lo que la representación por mandato del pueblo, se fue convirtiendo poco a poco en legitimidad del gobernante para tomar sus propias decisiones.

De esta manera, al dejar las decisiones de gobierno a la imaginación del gobernante y al no existir un cuerpo de ciudadanos que exija cuentas a los representantes, la brecha entre lo que quieren los ciudadanos y lo que deciden los gobernantes es cada vez más grande.

Las decisiones gubernamentales tienen un sesgo electoral, se deciden por acuerdo de las facciones políticas, están orientadas a favorecer a las clientelas electorales y en el peor de los casos, tienen un fin lucrativo, que satisface los intereses económicos de las élites políticas, tales como concesiones de carreteras o contratos a proveedores que les dejan jugosos dividendos.

La política entonces, al estar alejada de los intereses ciudadanos, se convierte en una actividad odiada por los ciudadanos y amada por la clase política que hace fortunas al amparo de los cargos públicos. Es una contradicción entonces, querer que el ciudadano participe, cuando las grandes decisiones están en manos de unos cuantos y cuando el ciudadano común y corriente, se da cuenta que la participación ciudadana no es más que una forma de seguir legitimando a una élite “omnívora” e insaciable.

Ahora bien, el fenómeno de las redes sociales viene a dar una pequeña luz de esperanza; denuncias ciudadanas que se hacen virales y que ponen en ocasiones de rodillas al aparato de comunicación oficial. Esta  vía de comunicación es más cercana al ciudadano y sirve por lo menos para hacer catarsis sobre el mundo kafkiano que nos tocó vivir, por lo menos en nuestro país.

Claramente estamos  muy lejos de que las redes sociales obliguen a que se cumpla con el mandato de la sociedad pero por lo menos, si comienza a ser un espacio de denuncia que en ocasiones resulta muy eficaz.

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