La filosofía del Guadalupanismo

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@melorzav

 

 

A pesar de la distancia en el tiempo, las apariciones de la Virgen de Guadalupe a Juan Diego siguen causando controversia puesto que, por un lado, los escépticos cuestionan el milagro argumentando que éste en realidad se trató de una estrategia de evangelización, mientras que los creyentes, en tanto que su creencia está sustentada en la fe, no le dan cabida a la duda.

 

Por otro lado, el análisis científico realizado en 1976 al ayate donde está la imagen de la Virgen de Guadalupe realizado por los investigadores de la UNAM Ernesto Sodi Pallares y Roberto Palacios Bermúdez, siembra más dudas sobre la manofactura de la imagen de la virgen, puesto que en las conclusiones de dicho análisis, se refiere que “científicamente no se puede explicar la conservación del ayate, […] no es posible esclarecer el: ¿por qué no se ha saltado, ni decolorado? […] y científicamente no se dilucida el: ¿por qué no se encuentran colorantes vegetales, ni animales, ni minerales, en las dos fibras (una amarilla y la otra roja) del ayate guadalupano, que se mandaron a analizar al ‘Instituto del Emperador Guillermo’, en Heildelberg, Alemania”.

(http://bibliaytradicion.wordpress.com/inquisicion/dictamen-del-material-del-que-esta-hecho-el-ayate-guadalupano/)

 

Además, en 1979, los estadounidenses Philip Callahan y Jody B. Smit comprobaron, a través de un estudio al ayate con rayos infrarrojos, que no había huella de pintura en el tejido y, también, que no había sido tratado con ningún tipo de técnica para que perdurara, corroborando así los resultados del análisis de 1976.

 

Otro análisis hecho público en 2001, realizado a la imagen impresa en el ayate por el ingeniero José Aste Tönsmann con la técnica del proceso digital de imágenes usada por los satélites y sondas espaciales para transmitir informaciones visivas, muestra que en el iris y las pupilas de la Virgen de Guadalupe aparecen imágenes microscópicas sumamente detalladas de trece personas, las cuales están presentes tanto en el ojo izquierdo como en el derecho con diferentes proporciones, al igual que sucede en los ojos de un ser humano que refleja los objetos.

 

Frente a estos estudios, hasta hoy en día es imposible determinar científicamente cómo fue impresa la imagen de la Virgen de Guadalupe en el ayate de San Juan Diego, lo cual fortalece el dogma del milagro guadalupano y le resta fuerza al argumento ya referido que defienden los escépticos. Justamente por lo anterior y porque la discusión de si fue un milagro o no resulta estéril, a continuación expondré algunas consideraciones histórico filosóficas sobre el guadalupanismo en México.

 

* * *

 

El 9 de diciembre de 1531, según refiere el Nican Mopohua, en la colina del Tepeyac, donde se le rendía culto a Tonatzin,[1] apareció frente a Juan Diego (Cuauhtlatóhuac, uno que habla como el águila) la Virgen de Guadalupe, una Virgen totalmente diferente a las que existían en la Nueva España porque era morena, tenía rasgos indígenas y, además, vestía como tal. La madre de Dios le habló a Juan Diego en perfecto náhuatl porque éste no hablaba español:

 

Mucho quiero, mucho deseo que aquí me levanten mi casita sagrada, donde lo mostraré, lo ensalzaré al ponerlo de manifiesto, entregaré a las gentes en todo mi amor personal, a Él que es mi mirada compasiva, a Él que es mi auxilio, a Él que es mi salvación

 

Porque, en verdad, yo me honro en ser tu madre compasiva, tuya y de todos los hombres que vivís juntos en esta tierra[…] Para realizar lo que pretende mi compasiva mirada misericordiosa, anda al palacio del obispo de México, y le dirás cómo yo te envío, para que le descubras cómo mucho deseo que aquí me provea de una casa, me erija en el llano mi templo.

 

[…] Ten por seguro que mucho lo agradeceré y lo pagaré, que por ello, en verdad, te enriqueceré, te glorificaré; y mucho de allí merecerás con que yo retribuya tu cansancio, tu servicio con que vas a solicitar el asunto al que te envío. Ya escuchaste, hijo mío el menor, mi aliento mi palabra; anda haz lo que esté de tu parte.

 

Con esas palabras, la Virgen de Guadalupe hizo una alianza no sólo con Juan Diego sino con “todos los hombres que vivís juntos en esta tierra”. La alianza-bendición es igual a la que Jahvé  hizo con Abrahán. Primero, como la Virgen con Juan Diego, le promete la gloria (“te glorificaré”): “De ti haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre; y se tú una bendición. Bendeciré a quienes te bendigan y maldeciré a quienes te maldigan.” (Gn. 12. 2-3). Después, la alianza con el pueblo queda sellada: “Estableceré mi alianza entre nosotros dos, y también con tu descendencia, de generación en generación: una alianza eterna, de ser yo tu Dios y el de tu posteridad. Te daré a ti y a tu posteridad la tierra en la que andas como peregrino”. (Gn. 17. 7-8).

 

En este sincretismo —en términos culturales y religiosos— es posible afirmar que Tonatzin se convirtió en la Virgen de Guadalupe y, como madre de Huitzilopochtli y de Jesús, renovó la alianza con los indígenas. Una alianza de raza que, como en el caso de los judíos de Abrahán, sólo se extiende a ellos, los indígenas y, además, se hace presente la necesidad de re-erigir un lugar sagrado donde ya lo había para el rito sacrificial.

 

De esta manera, el culto a Tonatzin —diosa madre— y el culto a la dualidad —masculina-femenina— que los indígenas tenían antes de la llegada de los españoles, aparecen implícitos en el ayate de Juan Diego, pues la Virgen de Guadalupe es el garante de la continuidad de la diosa azteca y, en el ícono religioso expuesto en la Basílica de Guadalupe, en tanto que madre de Juan Diego —que es lo mismo que decir madre de los indígenas—, se constituye la cosificación de la nosotridad en la cual el yo sólo puede entenderse como un yo-plural ocasionando que se presente la nosotredad en donde se hace visible la diferencia entre nosotros y el otro-otros, de tal forma que el yo singular desaparece y se convierte en un yo-plural: los guadalupanos.

 

Justamente por lo anterior, la independencia de México comenzó con el padre Miguel Hidalgo cargando por delante el estandarte de la Virgen de Guadalupe y, no podía ser de otra manera, porque, como ya lo mencioné, el ícono religioso representa la cosificación de la nosotridad de una parte —mayoritaria— de una nación sincrética y mestiza.

 

Con esa herramienta religiosa, el movimiento independentista juntó por y para una misma causa a los indígenas con los peninsulares, criollos, y mestizos, de tal forma que, bajo el manto de la Virgen de Guadalupe y la religiosidad que se había construido alrededor de ella, más los intereses propios de cada grupo social que, a la postre resultaron contrarios a los intereses de los indígenas, se ganó la independencia de México.

 

Así pues, con el ícono religioso —o en el ícono religioso— el yo se abandona por el nosotros, un nosotros construido a partir de la religiosidad producto del sincretismo entre la filosofía azteca y el catolicismo, de tal suerte que ese nosotros constituido por el abandono del yo, sirve como identitario de una nación y, sobre todo, de un grupo étnico y una clase social, de manera tal que el catolicismo en México dejó de ser una religión ajena gracias a la Virgen india del Tepeyac que se convirtió en el emblema de la mexicanidad.

* * *

 

 

Con la iglesia organizándose y con la necesidad de una pacificación visible en el país, Porfirio Díaz atendió —y accedió— a los reclamos de los conservadores y la iglesia sin ningún reparo. La principal exigencia de éstos era la unanimidad de la fe, unanimidad que la Reforma había deshecho. Así, el Porfiriato fundó una nueva religiosidad suscrita al catolicismo que bien puede llamarse catolicismo-de-las-formas, donde lo importante es la ostentación devocional, como aquella imagen de Vicente Fox —transmitida en vivo por televisión— cuando asistió a orar a la Basílica de Guadalupe justo antes de ir al Congreso de la Unión a tomar posesión de la Presidencia jurando una Constitución laica.

 

Siguiendo con lo anterior, mientras que durante la Colonia los indígenas asumen el guadalupanismo y su consecuente religiosidad, necesitando de los lugares sagrados para re-erigir los templos para el culto católico (“Anda al palacio del obispo […] para que le descubras cómo mucho deseo que aquí me provea de una casa”) durante el Porfiriato los templos se convierten en un salón social más en donde los porfirianos se ufanan y, además, excluyen a los demás, es decir, al otro-otros, los pobres, los indígenas, los guadalupanos, que son los carentes de forma y de ostentación devocional, pues ésta es directamente proporcional al estatus económico —como ahora, que sólo se pueden casar en las grandes catedrales y bellos templos barrocos los que pueden pagarlo— y, lo único que le queda a los que no son porfirianos (sinónimo de ricos), es donde habita el icono identitario de los pobres, es decir, la antigua Basílica de Guadalupe.

 

* * *

 

Ya en el siglo XX, durante el conflicto religioso previo a la Cristiada y en el periodo de la guerra  (1926-1929), el guadalupanismo jugó un papel fundamental. En este sentido, monseñor Mora y del Rio, arzobispo de la arquidiócesis de México, publicó un edicto el 25 de febrero de 1923, llamando a su grey a no adherirse al cisma  de la naciente Iglesia Católica Apostólica Mexicana (ICAM).

 

En su edicto, monseñor Mora y del Río convoca a sus “amados hijos” a que no atiendan el llamado de la ICAM y, sabiendo que los pobres son guadalupanos por vocación, por necesidad, por carencia de opciones o por nacionalismo, alude —como Miguel Hidalgo— al guadalupanismo:

 

De todo corazón os rogamos, amados hijos nuestros, que acudáis con fervor a la casa de Dios y pidáis a nuestro señor por mediación de nuestra madre amantísima la Virgen Inmaculada Santa María de Guadalupe que vuelva la paz a las conciencias, y con nuestras oraciones y penitencias desagraviemos al sagrado corazón de Jesús cuyo reinado social de paz y de amor queremos para nuestro amado México

 

Así pues, con esas palabras, Mons. Mora y del Río acrecienta la noción identitaria del nosotros que descansa en la Virgen de Guadalupe, puesto que Ésta, en el ícono religioso, es la cosificación de la nosotridad, del yo-plural-católico-guadalupano que, como identitario, ocasiona la sujeción de los creyentes a la Iglesia católica y al México católico que no puede ser de otra forma pues si el otro-otros creen distinto, además de ser herejes, según los presupuestos guadalupanos no son mexicanos.

 

El razonamiento es simple, como Refiere Carlos Monsiváis: al pueblo de México lo ha constituido históricamente la creencia guadalupana, y el que no es guadalupano renuncia a la sustancia patriótica. De esta manera, la Iglesia católica recupera el nosotros que se enfrentará con el callismo no sólo por la defensa de su religiosidad y su clero, sino también en defensa de la que creían era la esencia de México, el catolicismo guadalupano.

 

Por otro lado, el 25 de julio de 1926, el Comité Episcopal, contando con el apoyo de la Santa Sede, publicó una Carta Episcopal donde protestaba por las disposiciones de la nueva ley impuesta por Calles y, además, ordenaba la suspensión de cultos en los templos para el 31 de julio, día en que entraría en vigor la Ley Calles, utilizando, de nueva cuenta, a la Virgen de Guadalupe como símbolo identitario:

 

[…] Colocados En la imposibilidad de continuar ejerciendo el ministerio sacerdotal sagrado, después de haber consultado a Nuestro Santísimo Padre, Su Santidad Pío XI, […]Dejamos las iglesias confiadas a los fieles, no dudando de que protegeréis, con una piadosa solicitud, los santuarios que heredasteis de vuestros abuelos, o que a costa de grandes sacrificios, construisteis vosotros mismos y consagrasteis al culto de Dios.

 

[…] No perdáis la fe en nosotros, lo mismo que nosotros no perderemos jamás nuestra fe en vosotros, hijos bien amados. Como un solo hombre, coloquemos nuestra fe en Dios. Os recomendamos con esperanza y confianza a Nuestra Santa Madre la Virgen de Guadalupe, vendrán días en los que el Divino Piloto parecerá haberse dormido. En la necesidad, no dejará de consolar y reconformar a aquellos que han tenido fe en Él.

 

 

Al ocurrir la suspensión de cultos por parte del clero católico y el cierre de las iglesias por parte del Estado callista el 31 de julio de 1926, los practicantes del catolicismo comenzaron a habitar la ausencia de los ritos que, para ellos, aunque su religiosidad no requería de la ostentación devocional, era primordial porque el rito sacrificial en la misa (o en la procesión o en el rosario) era —y es— la forma genuina de comunión entre Dios y los hombres.

 

Así pues, si bien es cierto que en las ciudades y en los pueblos algunos sacerdotes comenzaron a ofrecer servicios religiosos clandestinos en casas particulares donde era llevado el Santísimo Sacramento, para los católicos el rito sacrificial carecía de sentido pues necesitaba de un lugar específico, consagrado y dedicado —como la Virgen de Guadalupe que le ordenó a Juan Diego erigir un santuario para su adoración—, porque para esta religiosidad, el catolicismo-guadalupano,  no había ritualidad posible más que en un espacio sagrado pues sólo en la intimidad de la iglesia la oración se volvía diálogo personal o comunitario con Dios a través del sacerdote.

 

Así, en la Cristiada, el guadalupanismo jugó un papel determinante, pues fueron los guadalupanos, es decir, los católicos pobres, los que pelearon contra el ejercito federal utilizando como estandarte de guerra a la Bandera Nacional con la Virgen de Guadalupe en el centro en lugar del Escudo Nacional y, por si esto fuera poco, el grito de guerra cristero (¡Viva Cristo Rey!) iba acompañado de la afirmación de la identidad mariana-guadalupana: “reine Jesús por siempre […] que nuestra patria y nuestro suelo es de María la nación”

 

Además de la expresión guadalupana anterior, la convivencia diaria de los soldados y soldadas de Cristo, el autoreconocimiento identitario guadalupano estaba siempre presente, como lo muestra el juramento de iniciación de los militantes de la Brigada Invisible o Brigada Invencible (BiBi) que prestaban de rodillas delante del crucifijo:

 

Ante Dios, Padre, Hijo, Espíritu Santo, ante la Santísima Virgen de Guadalupe y ante la Faz de mi Patria, yo XXXXXX, juro que aunque me martiricen o me maten, aunque me halaguen o me prometan todos los reinos del mundo, guardaré todo el tiempo necesario secreto absoluto sobre la existencia y actividades, sobre los nombres de personas, domicilios, signos… que se refieran a sus miembros. Con la Gracia de Dios, primero moriré que convertirme en delatora

 

Por último, en cuanto a la Cristiada se refiere, después de que los obispos firmaran los arreglos de paz con el gobierno federal, asistieron a la Basílica de Guadalupe para dar gracias.

* * *

 

 

 

 

Por todo lo anterior, los católicos guadalupanos son, en su mayoría, la clase pobre de México cobijados por el guadalupanismo que es una religiosidad que constituye una identidad muy singular y excluyente. Así, en la ciudades, los guadalupanos no escapan del encierro espiritual y al determinismo de su vida diaria. Hacen del cuarto de vecindad y de la casa propia —sólo en los cinturones de miseria— su altar privado que, por supuesto como la realidad se los confirma, carece efectividad: el cuadro de la Virgen de Guadalupe con el vidrio rajado, el niño Dios que estrena vestido cada 2 de febrero, el cromo de Cristo, las imposturas en los retratos de familia —siempre numerosa— a lado de la reproducción de la Última Cena, las sillas del comedor donde siempre hay lugar para uno más aunque no haya qué servir, el ropero viejo donde se atesoran las boletas de empeño y la veladora siempre encendida; la luz de la ilusión que no se agota, la historia que, en la mayoría de las veces, los hijos repiten, los relatos de los abuelos —que alcanzan la épica—  de un pasado que no fue mejor y la condena al futuro que así debe ser; el trabajo en donde jamás se asciende y la única esperanza que se tiene es la de la Virgen de Guadalupe.

 

Además, los guadalupanos más pobres habitan la insalubridad, el hacinamiento (estado natural de los pobres en las ciudades) se patentiza en el apachurramiento a la hora de dormir, donde todos comparten una cama de latón y no hay espacio para la intimidad pero, a pesar de ello, la producción de hijos emerge como el milagro de los panes y los peces.

 

Ante esa situación, los guadalupanos carecen de momentos de diversión, salvo aquellos en los que se alimenta el alma. Los ritos que la Iglesia impone a los guadalupanos y los sacrificios que ellos mismos se imponen en las distintas modalidades de peregrinación a la Basílica de Guadalupe, además de hacer patente el sacrificio ritual, serán para los pobres, —además de La rosa de Guadalupe o A cada quien su santo—, lo único que los saque de su realidad y les brinde esperanza pues “si los pobres son muy religiosos mas les vale; […] su afición predilecta es ver como a trasluz a la élite, y a lo mejor son creyentes por imitación, refiere Monsiváis en Los rituales de caos.

 

Así pues, los pobres son Guadalupanos por fe, por necesidad, por vocación, por la nosotridad que ofrece el guadalupanismo, por nacionalismo y porque creen que es la esencia del México que es de ellos pues, el 12 de diciembre, día en que se celebra a la Virgen de Guadalupe, además de la transmisión en vivo —que no en directo— de las mañanitas de televisa a la virgen, nos ofrece un presente donde el autoreconocimiento como guadalupano acerca a los creyentes a una realidad —siempre falsa que se patentizara en la cuesta de enero— de danza y juerga, de comunión y comilona con lo más antiguo y secreto de México. El tiempo deja de ser sucesión y vuelve a ser lo que fue, y es, el sincretismo entre la filosofía prehispánica y el catolicismo que cobija a los pobres:

 

 

—Ella es madre de Dios , su mamá de Jesucristo.

—La virgen es mujer humilde escogida especialmente, una campesina, para así empezar desde abajo.

—Es igualita a nosotros, nomás que en bonito.

—Para mi Juan Diego es el primer mexicano. Antes de la Guadalupana no había nación porque todos los que concedían favores eran santos extranjeros.

—Yo comparto a Dios, pero no a mis santos.

—Yo rezo si me enfermo, si alguno de los míos se aflige, si no tengo dinero, si debo dar gracias porque me alivié, si ya conseguí dinero, si quiero demostrarle a Dios que no soy interesado. Yo rezo en las buenas y en las malas.

—Lo peor de los ricos, es que teniéndolo todo le quitan el tiempo a Dios pidiéndole cosas.

—Si Dios quisiera, se acababa la pobreza. Pero entonces, ¿Quién le rezaba todos los días?

—Los santos son nuestros abogados ante Dios, pero son abogados decentes: si Dios concede el milagro, no se llevan la mayor parte.

—Los santos son santos porque están más cerca de Dios. A mayor lejanía, más pecado.

—Según entiendo, los que no han sido bautizados andan por la vida arrastrando el pecado original.

—Yo y mi finado esposo somos católicos; yo por precaución, él seguramente por gratitud.

—Yo me casé luego de diez años de vivir con mi señora, para que mis hijos no pudieran reprocharle nada a su mamá.

—A mi tío le pusieron una cruz en la boca para que no fuera a llevarse su modo de hablar al otro mundo.

—A un niño que yo conozco le pusieron flores, para que los ángeles no lo fueran a confundir con un enano.

 

Un grupo canta por enésima vez [a las 12 de la mañana del 12 de diciembre en el atrio de la Basílica de Guadalupe mientras Lucerito, con su cándida voz, eleva el rating del canal de las estrellas]:

 

La Virgen María es nuestra protectora,

Nuestra redentora, no hay nada que temer.

Somos cristianos y somos mexicanos

Guerra, guerra contra Lucifer.

 

 

[1] Diosa del Maíz, la Luna y la Tierra y madre de Huitzilopochtli, dios de la Guerra. También se cree que ahí mismo se adoraba a Chalchiuhtlicua, diosa de los lagos y corrientes de agua, patrona de los nacimientos.

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