Elogio de los parques: literatura, democracia y recreación

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I

“Las palomas que van a dormir a los parques ya no hablan conmigo”. Silvio Rodríguez

Tarde sabatina en el parque Los Berros. Son las 5 de la tarde y la luz del sol comienza a difuminarse entre los árboles, aunque el ánimo de los niños no decae mientras algunos padres piden esquina. El cansancio adulto, sin embargo, no obstaculiza el sencillo placer de la convivencia en los espacios verdes, entre columpios, camas elásticas, carritos y bancas codiciadas. La medalla de oro –por su rendimiento y bajo costo- se la llevan las burbujas y los globos, que hacen las delicias de los más pequeños, aquellos que tienen por profesión la alegría de los gestos, sin problemas. Ya crecerán. Pero por hoy, nada como una tarde juguetona en Los Berros.

Los parques de Xalapa encierran juegos, miradas, sonrisas, palabras, que se acumulan y multiplican en fin de semana, como un oasis que resultará en fotos para el recuerdo, o –si no alcanza el dinero- en los atesorados recuerdos que estarán en las mentes de los protagonistas.

Un parque concurrido es un abigarrado archivo mental: la primera pelota, el primer avioncito, la primera caída, el primer regaño, la primera naranja con chile, la primera bolsita de coco con limón, la primera vuelta en triciclo. Para los niños, el espacio público de los parques significa estrenar sensaciones.

Atrevimientos que los padres primero sufren y después premian. Ya llegarán la primera bicicleta, los amigos y la posibilidad del primer beso.

Algunos parques de Xalapa son espacios públicos de primer mundo y  conjugan democracia, estética y recreación. De entre las ciudades caóticas y no pocas veces problemáticas, los parques surgen como lugares habitables y cálidamente humanos. La inhumanidad de las grandes ciudades en muchos casos se anestesia y de plano se olvida en los parques. ¿Por qué la ciudad entera no es un parque? Sin ánimo ni tiempo para entrar en polémicas estructurales de la modernidad, lo cierto que es que la dignidad citadina pasa por la sombra de los parques: pláticas y libros, risas y picnic, lazos de la  vida familiar y la vida social.

Y quien no haya visitado los parques, que arroje la primera piedra.

 

II

Definiciones literarias: ¿qué es un parque?

Siempre la literatura acude en nuestro auxilio. Todos hemos estado en un parque alguna vez, pero pocos somos capaces de definirlos en palabras que los abarquen.

Veamos el ángulo literario de nuestro tema.

“Un parque es un oasis de soledad”, escribe el cuentista ruso Anton Chéjov, quien quizás nos habla de soledad acuciado por el frío de San Petersburgo. Desde Italia, la soleada Italia, el novelista Alberto Moravia escribe: “Los parques viven con las personas y mueren con ellas. Un parque abandonado es una muestra de patetismo humano”. Curiosamente, esta percepción de Moravia nada a contracorriente de la leyenda del rumano Emile Cioran, sentado en los parques de Francia, leyendo libros de filosofía, durante los bombardeos alemanes de la segunda guerra mundial. El parque abandonado era sobrevivencia ante el ataque nazi, y el gesto de Cioran (sea mítico o real) parece representar una defensa de la vida ante la barbarie. Una muestra de la vida que, con firme sencillez, enfrenta a la muerte. Leer un libro en el parque, mientras caen las bombas. Si no fuese cierto, debería serlo.

Otros escritores ven a los parques con anteojos menos idílicos. Por ejemplo, para el norteamericano Henry Miller “un parque es siempre un zoológico”, lo que equivale a resaltar la bestialidad humana. El duro Charles Bukowsky, en vena pragmática, comentó: “Un parque es un refugio grato después de una juerga”. Sí, la percepción depende de la biografía. Por ello, no es casualidad que el argentino Ernesto Sábato explicara alguna vez: “los parques son espacios de honestidad que, paradójicamente, surgen de la hipocresía de las ciudades”. Parece que el maestro Sábato perfila una crítica estructural hacia el diseño de las grandes ciudades, que encapsulan el verde en los parques, pero nada más. Fuera de ahí, sólo hay lugar para el negro.

Desde Francia, aparece la profundidad emocional de Marguerite Yourcenar: “Un parque es una suerte de consolación, caricias para el espíritu en un mundo obstinado y silencioso”. La acústica de los parques, con sus pájaros, sus vendedores, sus visitantes, merecería un artículo aparte. Prosigamos. El azurri Italo Calvino se adhiere a la visión de Yourcenar y complementa al argentino Sábato: “Un parque es un trazo de humanidad en ciudades inhumanas”. Calvino perfiló en su relato Las Ciudades Invisibles una indagación en torno a las sensibilidades que vale la pena preservar. En ese relato, los parques (exóticos, detallados, hermosos) son de los pocos paisajes habitables.

Dice el inglés Anthony Burgess: “Un parque es un laboratorio para niños. Las risas son sustancias catalizadoras”. Los parques como química del alma. No pasa lo mismo en Africa, desde donde Ben Okri escribe: “Un parque es un desfile de personalidades, con afanes y ánimos de exhibición. Y hay quienes se desvanecen en el desfile”. Debe ser reciente la vivencia de los parques en Africa, tan llena de verde selva, de naturaleza intensa. También, esta frase de Okri recuerda a una frase de Bob Dylan en su canción Mister Tambourine Man (señor del pandero): “Estoy listo para desvanecerme en mi propio desfile”. Bueno, los desfilen pasan por los parques.

Desde la música, el mexicano Silvestre Revueltas dice: “Un parque es una sonata, con sus variaciones y delicadezas. La música de los parques empieza en las pequeñas notas del pasto”. De nuevo, la percepción es biografía.

Y finalmente, en esta danza de definiciones, a contracorriente del ruso Chéjov, el chileno Pablo Neruda lanza su palabra: “Un parque es luminosa compañía. Punto”.

Pues punto.

III

“Continuidad de los parques”. Julio Cortázar

Es día feriado en el parque de los Tecajetes. Los mosquitos no apagan la alegría, ni la compra de alimento para los peces que llenan los estanques del parque. Los senderos de grava y piedra caliza se recorren lentamente, mientras los niños lanzan gritos cuando los peces se dirigen a degustar lo lanzado. No son sólo los colores en el agua. No son sólo las graciosadas animales. Hay un sentido de complicidad entre pecesito y niño. La segunda parte de Buscando a Nemo se mira en los Tecajetes. ¿Conciencia ecológica en construcción? Es pronto para decirlo pero, de todos modos, la inquietud encuentra cauce y la alegría infantil se desata. Con eso basta para que la tarde cobre colores brillantes, en numerosas familias que visitan el parque.

Las palapas, las siempre nobles palapas, sirven de refrescante parada. La cuesta de los Tecajetes es dura de pelar, pero hay que caminarla, si quieren verse los estanques con los peces más grandotes. Por supuesto, después se disfrutarán los juegos, en pausas disfrazadas de diversión.

Escribe el cubano Guillermo Cabrera Infante: “La alegría de los parques resulta la identidad de una comunidad, de una nación. La tristeza de los parques, en cambio, resulta una fosa cultural, no sólo un problema de nuestro tiempo libre”. Correcto, y por ello la ciudad de Xalapa califica alto en sentido de identidad, a través de sus parques.      

¿Cuáles son los ángulos de visión en un parque? Como en el lenguaje cinematográfico, hay que definir un encuadre. Comencemos.

-Desde un columpio. La movilidad dificulta la visión, lo mismo que la  atención que se necesita para no caer. El columpio es diversión y por tanto no hay encuadre visual por la distracción que conlleva.

-Desde un árbol. Como en la novela El Barón Rampante de Italo Calvino, vivir en los árboles puede ser una odisea de observación. La altura otorga distancia y perspectiva, pero el riesgo de caer no permite a cualquiera subir. Este encuadre se lleva con adolescentes y jóvenes (los más ágiles), no con niños y adultos. También, hay que decir que desde las alturas se pueden hacer las máximas travesuras que se recuerden en los parques. No damos detalles para no dar ideas a los acróbatas émulos de Tarzán.

-Desde una banca. La perspectiva es ver pasar. El traveling de la mirada se desarrolla en lapsos breves y como encuadre resulta la especialidad de adultos de la tercera edad. El panorama de una banca es restrictivo, aunque se sobreentiende que el descanso funge como alimento visual.

-Desde el kiosco central. La mirada es plena y abarcadora. El encuadre por excelencia del turista, dictamina otros ángulos y perspectivas para fotografías que serán un souvenir preciado. El centro de un parque, también, transmite seguridad para los visitantes, con la vigilancia adecuada y los encargados de servicios.

-Desde una esquina discreta. La perspectiva de los enamorados, que sin embargo no miran. Este encuadre posibilita, a su vez, lecturas felices y descansos reparadores. La periferia del parque, sin embargo, no transmite seguridad, y en estos tiempos no es recomendable para familias y menores de edad.

Más allá de los encuadres posibles, la comunicóloga Deyanira Guzmán escribió sobre los parques: “Los columpios están quietos y los hoyos que hicieron ayer los gusanos son las montañas de un país diminuto”. El pequeño gran detalle de los parques debe buscarse y debe apreciarse: las imágenes se otean con la agudeza de un observador/cronista y la voluntad de un visitante que se divierte porque vive, y no que vive para divertirse.

IV

Las tramas de los parques

Lo mejor que yo he leído sobre los parques es obra del escritor español Eduardo Mendoza: “Las imágenes que nos regalan los parques van más allá de un orden urbano. Refieren sueños e imaginaciones de ciudadanos sin nombre, que sin embargo somos nosotros. Aunque no estemos ahí, en los cuerpos de otros habitamos los parques”.  Dicho esto, ¿qué se puede añadir? Este debería ser el final del reportaje, por el rasgo humanista y solidario que refleja la idea de Mendoza, al igual que el tono onírico para caracterizar lo real.

En algunas obras literarias, los parques juegan un papel significativo. Por ejemplo, en La mirada del observador, novela policíaca del norteamericano Marc Behm, un detective visita los parques para –en otros rostros- tratar de encontrar a su hija, a quien no ha visto desde hace 20 años; en el cuento Debate en el parque, del francés Raymond Queneau, un joven marxista y una chica freudiana se enfrascan en largas charlas sobre las teorías que les apasionan. Van del café al parque y del parque al café, hasta que olvidan sus teorías y –desde luego- se enamoran. Final antiteórico y emocional, manejado con gran pericia técnica por el maestro Queneau: “Ni Marx ni Freud previeron en algún punto de sus vidas la extraña combinación que lograron Francis y Brigitte en aquél viejo parque. Prueba curiosa de que las teorías ayudan al impulso amoroso. Por lo menos, eso es lo que ocurre en Francia.  No sólo en mi cuento. Y esto es lo mejor que yo diré sobre la utilidad de las teorías”.

En un cuento poco conocido del polaco Witold Gombrowicz, La Conspiración, el asesinato perpetrado por un francotirador en el parque central de Danzig se ve obstaculizado por un sorpresivo vuelo de palomas. En la fracción de segundo clave para el francotirador, las palomas vuelan y cubren el blanco posible (un líder obrero). Se trata de un desfile, y no hay tiempo para un segundo intento. Y el colmo del detalle: en la punta del rifle del francotirador aparece una tenue caca de paloma.

No sé cuál es la metáfora del maestro Gombrowicz, pero ese vuelo de palomas y la punta sucia del rifle me parecen un delicioso azar en contra del mal que habita el mundo.              

V

Conclusiones: disfrutar los parques

Déjese entre paréntesis la naturaleza nocturna y clandestina de los parques, cuando la metamorfosis no admite visitantes.

Déjese entre paréntesis la necesidad social de abordar el duro problema de los niños de la calle y su estadía en los parques.

Hay cuestiones que rebasan al ciudadano promedio, aunque no a las autoridades promedio.

Por lo pronto, sin olvidar la doble cara social de algunos parques, considérese un hecho positivo la democracia de los parques, su rostro estético en ciudades apretadas, y la recreación que facilitan sin costo. No son pocas sus virtudes en tiempos difíciles, ni poca la alegría de sus visitantes: familias, amigos, jóvenes y adultos lectores. En Xalapa, leer en los parques sigue siendo una escena común. Jugar en los parques, descansar en los parques. Esto no sucede en Tijuana, ni en Medellín Colombia, ni en la franja de Gaza.

No perdamos la perspectiva de nuestra cotidianeidad afortunada.

Los diálogos en los parques merecen un texto aparte. Una madre y sus hijos:

-¿Dónde se metió tu papá?

-Está bien, mamá.

-No me contestes así.

-Pero yo no me perdí, ni mi hermano.

-Bueno: hay que buscarlo. .

 

Esposos:

-Hace mucho sol, mi amor.

-Bueno: por eso venimos.

-Pero no quiero que se insolen los niños.

-Déjalos jugar otro rato y acurrúcate.

-¿No te preocupa?

-¿El sol de Xalapa? No.

-Está bien.

-¡Ésa es mi gorda!.

 

Novios, hermanos, amigos. Desconocidos que, quizás, un domingo dejarán de serlo.

 

Los parques, finalmente, se miran mejor desde las ventanillas de los autobuses. El observatorio de la ventanilla es poesía pura: funciona como un encuadre natural por donde se mira pasar la vida como arte. Cinematografía hecha y derecha con travellings vertiginosos o lentos, que hablan sin hablar, a la manera de Eduardo Mendoza: “en los cuerpos de otros habitamos los parques”.

 

 

 

 

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