Dolores Del Río, “la primera gran estrella latinoamericana en cruzar a Hollywood”

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Un día como hoy 3 de agosto nació Dolores del Río, actriz mexicana que conquistó Hollywood y compartió pantalla con el músico Elvis Presley.
Ciudad de México.- María de los Dolores Asúnsolo y López Negrete, conocida famosamente como Dolores del Río, nació el día 3 de agosto de 1904 en Durango, México. Dolores dedicó gran parte de su vida al cine hollywoodense durante la gran época dorada de Hollywood. Lo que denota de esta talentosa actriz es la habilidad de conquistar Hollywood siendo la mujer latina más reconocida en los Estados Unidos, logrando fases de actuación que ningún otro actor mexicano ha logrado. Esta es su vida:

Dicen que nadie es profeta en su tierra. Y así le sucedió a Dolores del Río. Estrella del cine, querida, reconocida y admirada en el mundo, pero olvidada en su natal Durango. Hay quienes la califican como la gran diva del cine de México, que recibió homenajes en todo el mundo, que hizo que Hollywood se rindiera a sus pies, pero en su tierra, su legado, su patrimonio, luce olvidado y abandonado, al menos por la autoridad.

Piel canela, cabello negro impecable, ojos negros, lindas piernas, porte y elegancia, hicieron de Dolores del Río un referente de belleza y magnetismo.

Su personalidad, que elevaba al máximo la belleza mexicana, rompió con aquellos estereotipos marcados en la meca del cine, donde las rubias inundaban los costosos filmes, y Hollywood se rindió a sus pies.

Dolores Asúnsulo López Negrete, nombre de pila de la actriz, cautivó el mundo cinematográfico con su belleza y con aquel refinado gusto que se acomodaba perfecto a los modelos de diseñadores como Cristóbal Balenciaga o Christian Dior y que al mismo tiempo desbordaba elegancia en aquellos huipiles nacidos de las manos de artesanos mexicanos.

Dicen que la actriz recordaba con cariño su infancia, comparándola con la de una princesa. Y que su madre, orgullosa de su origen aristocrático, siempre cargaba los documentos notariados que lo certificaban. Un linaje familiar que se remontaba a la España anterior al Virreinato. Sobrina de Francisco I. Madero y prima del cineasta Julio Bracho, de la actriz Andrea Palma y del galán de Hollywood Ramón Novarro, su distinción iba más allá de la pantalla. Si algo caracterizaba a Dolores del Río, era su educación, que se debía en gran parte a la vida acomodada que su aristócrata familia le brindó.

ORIGEN DE ABOLENGO

Nacida en Durango en 1904, fue hija única de Jesús Leonardo Asúnsulo, prominente banquero originario de Chihuahua, y de Antonia López Negrete, notable dama de sociedad. El destino la obligó a huir de su estado natal, debido a problemas que su padre tuvo con Pancho Villa durante la Revolución. Disfrazada de campesina, llegó a la capital del país. Después de un tiempo ingresó al Colegio Francés de San Cosme, donde tomó clases de danza. No disfrutó mucho su soltería. A los 15 años casó con el acaudalado hacendado Jaime Martínez del Río (18 años mayor que ella). La actriz siempre se desenvolvió en círculos intelectuales. De hecho, distinguidas personalidades visitaban su casa. Así conoció al director de cine Edwin Carewe.

No es difícil imaginar aquel encuentro en el que Carewe quedó impresionado ante su belleza, por lo que estratégicamente invitó a la pareja a viajar a Estados Unidos. Estando allá, ambos se rindieron ante el glamour de Hollywood. Y mientras su esposo tenía un ingreso fallido como guionista, Dolores se pulía para llegar al cine. Así consiguió un papel en Joanna (1925), cinta de Carewe. Sólo fue cuestión de tiempo para que su fama creciera al lado de grandes figuras como: Marlene Dietrich, Rodolfo Valentino, Mary Pickford y Charles Chaplin.

UNA VIDA ¿GLAMOROSA?

Dolores se convirtió en un referente de magnetismo en la gran industria del cine, pero no todo fue tan glamoroso como se veía en pantalla. También debió padecer el racismo y los prejuicios para encajar en el círculo estadunidense.

De hecho, en sus inicios, según refiere María E. Silanes en su libro Divas, sus agentes le recomendaron hacerse pasar por española.

“Llegó el momento en que se cansó de interpretar a mujeres exóticas de nacionalidades imprecisas que usaban atuendos de lo más disímbolos: desde india piel roja con plumas en la cabeza, hasta manola que agita el mantón y las castañuelas, pasando por dama de sociedad en Brasil, misteriosa cabaretera con vestimenta de leopardo o nativa de las islas del sur que luce falda de paja al ritmo del hula-hula”.

Y aunque sus papeles en ese entonces no dejaban ver a la actriz, más bien exhibían una mujer latina que lucía muy bien a cuadro, Dolores gustaba, y mucho.

DEL CINE MUDO AL SONORO

Participó en películas de cine mudo como: El precio de la fama (1926), Resurrección (1927) y Ramona (1928). Esta última le permitió hacer popular su exótica belleza mexicana. Dolores se consagraba, mientras que su esposo, frustrado, partió a Berlín, donde murió en 1929. En 1930 se volvió a casar, esta vez con el director artístico de la Metro Golden Meyer, Cedric Gibbons. Una unión conveniente que la ayudó en su camino a la consolidación.

Con el tiempo llegó el cine sonoro y también aparecieron nuevos proyectos para la actriz como: El malo (1930), Ave del paraíso (1932), que escandalizó, pues aparecía bañándose desnuda junto a Joel McCrea, y el musical Volando hacia Río de Janeiro (1933). Lo que empezó como una aventura en Estados Unidos se convirtió en 17 años de trabajo fílmico que la llevaron a ser la figura vanguardista preferida de los diseñadores del momento. Sentimentalmente las cosas no estaban bien, y en 1942 se divorció de Cedric, y tiempo después hizo escándalo por su tórrido romance con Orson Welles.

El paso del cine mudo al sonoro no representó dificultad para la actriz. De hecho, también se convirtió en una vanguardista en el mundo de la moda y en 1936, fue considerada “la segunda mujer más bella de Hollywood”, según la revista Photoplay, solo superada por Greta Garbo.

LA DIVA LLEGA A MÉXICO

Su regreso a México, en 1942, marcó una nueva etapa en su carrera. Muchos pensaron que después de su glamorosa vida en Hollywood, su carrera terminaría en este país.

Pero Lolita, como la llamaban de cariño, unió su talento al de grandes como Roberto Gavaldón, Gabriel Figueroa y Mauricio Magdaleno.

Y con Emilio “El Indio” Fernández, se acrecentó el culto a Dolores como máxima diva del cine mexicano, gracias a que realizó Flor Silvestre y María Candelaria. Esta última, escrita en servilletas de papel y obsequiada como regalo de cumpleaños para la actriz por parte de Fernández. Ambas cintas hoy son clásicos del cine mexicano.

Además alternó con grandes figuras como María Félix y Pedro Armendáriz. Gracias a esto fue forjando un nombre en la llamada “época de oro” del cine nacional, hasta que fue llevada nuevamente a Hollywood en 1960 para amadrinar a Elvis Presley en Estrella de Fuego y trabajar bajo la dirección de John Ford en El Ocaso de los Cheyenne.

En 1959 se casó por tercera ocasión, con Lew Ryley. Y tras el declive de la época de oro, se fue perfilando hacia el teatro, al tiempo que hizo evidente su preocupación por las causas sociales. Ello hasta que sus problemas hepáticos se agravaron y la llevaron a la muerte en 1983.

En 2011, la actriz Diana Bracho, aseguró que su tía Dolores del Río era bellísima pero “pésima actriz”. Cierto o no, muchos reconocen su contribución a la industria cinematográfica en México, por ello, se encuentra en la Rotonda de las Personas Ilustres. Hollywood le otorgó una estrella en el Paseo de la Fama como reconocimiento a su trabajo.

Lo cierto es que la actriz duranguense tiene el mérito de ser la primera estrella femenina latinoamericana en triunfar en Hollywood. El tiempo no ha hecho otra cosa que convertirla en un objeto de culto entre diversos círculos del cine y la cultura. Decir Dolores del Río es recordar a una mujer que Marlene Dietrich consideraba “la mujer más bella de Hollywood”.

‘LA MALQUERIDA’ DE DURANGO

Cautivó a la prensa internacional, a diseñadores de moda, creativos y naciones completas. Sus raíces duranguenses y el hecho de ser una de las grandes leyendas del séptimo arte mexicano no han sido suficiente, en opinión de los conocedores del cine y de su trayectoria, para hacerle justicia en su propia tierra y lograr que su legado permanezca en la memoria de Durango.

“Hablar de Dolores del Río es hablar de una persona que significó mucho para los mexicanos porque nos dio identidad, porque desde su trinchera defendió la mexicanidad. Es hablar de ‘durangueñeidad’”, comentó el cronista duranguense José de la O.

En una ocasión, el periodista Vicente Leñero preguntó a la protagonista de filmes como La malquerida (1949) y La Cucaracha (1959) sobre su sentido ‘mexicanista’, a lo que Del Río respondió: “No se trata de nacionalismo ciego. Amo lo nuestro porque lo siento, porque soy mexicana de hueso colorado. Siento mío el arte mexicano, la cocina mexicana, nuestra gente, nuestra cultura… Sin que eso quiera decir que desprecio lo extranjero. Por qué había de despreciarlo. Admiro la autenticidad, en cualquier parte del mundo en que se produzca”. La entrevista fue publicada en Talacha periodística’(1983), la primera recopilación de crónicas, reportajes y artículos de Leñero.

De la O agregó que “fue la primera mexicana que triunfa en Estados Unidos, pero parece que no nos ‘cae el veinte’ de eso, no le hacemos justicia como merece. Habrá quienes digan que sí se le reconoce porque una calle lleva su nombre o porque se le hizo una estatua, pero no es suficiente. En Hollywood es una gloria y le aplauden lo que hizo pero aquí no somos capaces de llevarle una flor ni en su natalicio ni en su aniversario luctuoso, mucho menos de abrir un museo para ella sola o ponerle una sala”, y recordó que la última vez que Del Río visitó la ciudad fue durante el mandato de Héctor Mayagoitia, donde se le realizó un gran homenaje en el que ella, con mucha nostalgia, habló de Durango, de sus orígenes y de la familia Asúnsolo López Negrete.

“Acabamos de celebrar los 60 años de la cinematografía en Durango, en ese año no fuimos capaces de hacerle un homenaje con un ciclo completo de sus películas, que hayan invitado a la Asociación Nacional de Actores (ANDA) para dar una conferencia o que gente de aquí haya viajado a Estados Unidos a llevarle una flor a su estrella o a impartir un taller o conferencia sobre ella. Entre sus últimas propiedades estuvo una en un poblado de Nazas y en el lugar no hay alguna placa sobre Dolores, nada. Vamos a la casa en que nació y está abandonada e incluso alguna vez hicimos la propuesta que fuera un museo del cine y se nos ha ignorado”, dijo.

Fernando Llanos, director de Matria, documental ganador en el Festival Internacional de Cine de Morelia en 2014 y que formó parte de la selección oficial del Margaret Mead Film Festival de Nueva York, del Festival Internacional de Cine de Monterrey y del Festival del Nuevo Cine Mexicano en Durango, entre otros, compartió que Dolores del Río “es un ícono de la época de oro del cine nacional, de una belleza espectacular a quien se debería de revisar y proyectar más. Faltan publicaciones o documentales sobre su persona. No recuerdo haber visto ningún libro sobre ella, tampoco lo he buscado, pero de Pedro Infante y María Félix aunque no los busques los encuentras. No sentí que en Durango tuviera ese peso porque la ponen en el mismo callejón, al lado de Salma Hayek y Penélope Cruz, y supongo que se merece un par de escalones arriba”.

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