Periodismo en el siglo XXI: en busca de la ética perdida 

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Sobre periodismo nunca se escribe lo suficiente. Por ese motivo quiero compartir una serie de textos y reflexiones acerca de la naturaleza y el quehacer periodístico.

¿Cuál es el propósito? Que la reflexión sobre esta delicada actividad lleve más elementos de juicio a los estudiantes de periodismo y comunicación, lectores naturales y perceptores estratégicos de las ideas de este texto. Creo que la razón de ser de todo trabajo periodístico es mostrar la realidad, documentarla,  para luego emitir juicios y tomar decisiones en la arena pública.

 

I

“Si saber no es un derecho, seguro será un izquierdo”. Silvio Rodríguez

 

Comencemos con un fragmento notable del francés Ignacio Ramonet (2004), quien plantea que el periodismo ha devenido instantaneísmo:

Un periodista, ¿qué es?

Si analizamos la palabra, un periodista (journaliste) es “un analista del día”. Sólo dispone de un día para analizar lo que ha pasado. Se puede decir que un periodista es rápido, si consigue analizar en un día lo que pasa. Pero actualmente todo se produce en directo y en tiempo real; es enseguida, tanto en la televisión como en la radio. La instanteneidad se ha convertido en el ritmo normal de la información. Un periodista ya no debería llamarse periodista hoy en día. Debería llamarse instantaneísta. Pero todavía no sabemos analizar el instante. Por tanto, no hay análisis, pues no hay distancia. Al final, el periodista tiene cada vez mayor tendencia a  convertirse en un simple vehículo. Es el canal que enlaza el suceso y su difusión. No tiene tiempo de filtrar, ni de comparar, porque si pierde mucho tiempo haciéndolo sus colegas le ganarían la partida. Y por supuesto, alguien se lo reprocharía.    

 

Instantaneísmo es igual a falta de reflexión. Por el contrario, reflexionar es volver a pensar algo, de modo que se obtenga profundidad y precisión en lo dicho o investigado. Ramonet pone el dedo en la llaga del periodismo del siglo XXI, acosado por los tiempos de la velocidad sin dirección ética, como en aquella anécdota contada por el periodista polaco Riszard Kapuscinski, cuando en una zona de guerra observó que dos jóvenes reporteros de la CNN filmaban y filmaban escenas a destajo durante horas, sin tomar apuntes ni nada por el estilo, sin tratar de entrevistar a nadie. Kapuscinski al final de la jornada les preguntó: ¿Y realmente conocen a fondo los hechos que ustedes mandan en ese material? La respuesta fue: “No, nosotros sólo mandamos las imágenes. No contamos nada. Allá en la cabina de la CNN le ponen subtítulos y cuentan lo que interesa de esta guerra”. Para un periodista tan contextual como Kapuscinski, esto debió ser un balde de agua fría en lo que toca al ejercicio periodístico de las nuevas generaciones.

No reflexionar es no ser periodista. En el canon clásico del periodismo, claro está. En el canon posmoderno, dice Jean Francois Lyotard que “pensar tiene un solo defecto: hace perder el tiempo”.

En tiempo de crisis, como la que vive México, el periodista podría decir a la manera de Leonardo Sciascia: “Detesto cualquier apuesta. No quiero correr el riesgo de ganar”. Nadie quiere la crisis, pero para superarla hay que empezar por hablar de ella. Diseccionarla, arrinconarla con datos de todo tipo. He ahí la función del periodismo, acorde con el artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1950):

Todo el mundo tiene derecho o libertad de opinión y expresión; este derecho incluye la libertad para mantener opiniones sin interferencia y para buscar, recibir y difundir información e ideas a través de cualquier medio sin consideración de fronteras

 

II

Verifica, que algo queda

La moral periodística es una moral de verificación. Para saber, hay que investigar con responsabilidad, una y otra vez. Esto se ha perdido en el instantaneísmo refractario a la reflexión, aunque alimentado por la tecnología y sus urgencias. Como lo dice Gabriel García Márquez en el texto El mejor oficio del mundo (1996):

El oficio no logró evolucionar a la misma velocidad que sus instrumentos y los periodistas se extraviaron en el laberinto de una tecnología disparada sin control hacia el futuro. Es decir: las empresas se han empeñado a fondo en la competencia feroz de la modernización material y han dejado para después la formación de su infantería y los mecanismos que fortalecían el espíritu profesional, en el pasado. Las salas de redacción son laboratorios asépticos para navegantes solitarios donde parece más fácil comunicarse con los fenómenos siderales que con el corazón de los lectores. La deshumanización es galopante.

El advenimiento y consolidación de Internet han modificado las coordenadas en que García Márquez sitúa el quehacer periodístico y sus riesgos de deshumanización. Ciertamente, el siglo XXI es individualista y egocéntrico, pero la tecnología no opera por sí sola el cambio de la humanidad y sus parámetros éticos: agudiza la circunstancia ya problemática en otras épocas. Por otro lado, se pueden discutir los usos de la tecnología, como lo hace García Márquez. Lo que no parece posible es cancelar el mundo tecnológico. Nos movemos en él. Es el punto de partida. Tenemos que reflexionar cuáles son nuestras posibilidades existenciales en un mundo que hace de la tecnología el escenario que acompaña a lo humano.

De cualquier modo, en alguna ocasión planteó el intelectual checo Vlacav Havel que “la razón tecnológica no ha evolucionado de la misma manera que la razón ética”. Se han separado, se han disuelto en un escenario utilitarista, y el periodismo no ha escapado a ese dilema de ritmo que causa gran confusión: los valores han dado paso a los precios. Distinción crucial: antes, las actividades humanas se medían a través de virtudes y valores; ahora, se miden a través de los precios. De lo cualitativo a lo cuantitativo, el cambio de paradigma (modelo cultural y teórico, referencia unánime de conocimiento) ha rebotado hacia el periodismo, donde se confunden las cifras con sus interpretaciones.

III

Literatura y periodismo

Desde la literatura, fino antitodo contra los excesos tecnológicos, nos llegan grandes reflexiones sobre el periodismo. La primera plantea implícitamente una relación inevitable entre el periodismo, el saber y la duda. Lean a la escritora francesa Marguerite Yourcenar, de su texto Opus Nigrum (1968):

Envidio a aquellos que sabrán más que yo, pero también sé que tendrán que medir, pesar, deducir, exactamente igual que yo, y ver en lo falso parte de lo verdadero y tener en cuenta en lo verdadero la eterna mixtión [mezcla] de lo falso. Jamás me agarré a una idea por temor al desamparo en que caería sin ella. Nunca aliñé un hecho verdadero con la salsa de la mentira, para hacerme su digestión más fácil.

 

 La mirada del hombre se posa sobre el mundo, y surge la interpretación de las cosas. El periodismo no sólo es el dato, sino su interpretación. La verdad humana es perspectiva, y la perspectiva es verdad, pero también mentira, por lo que se queda afuera de esa perspectiva, que no es poco. ¿Qué hacer? Más allá de la verdad revelada, la verdad humana situada en el territorio de lo falible nos convierte en cazadores de certezas que paradójicamente vivimos en incertidumbre. La duda es motor humano y, por lo que toca al periodismo, no puede dejar de plantearse.

El siguiente fragmento pertenece al novelista Horace McCoy, de su novela Los sudarios no tienen bolsillos (1936). Se expresa aquí lo que llamaríamos periodismo e indignación: la capacidad de visualizar injusticias que sin embargo no pueden comprobarse:

Cuando avisaron a Dolan que  el director del periódico lo quería ver en su despacho, supo enseguida que algo iba a terminar mal, y mientras subía las escaleras no dejó de pensar en que era una vergüenza que no quedaran periódicos que dieran la cara. Le hubiera gustado vivir en tiempos de Dana y Greeley, cuando un periódico era un periódico, y a los desgraciados se les llamaba desgraciados y no se andaban con rodeos. Debía ser estupendo trabajar como reportero en uno de aquellos viejos periódicos. (…) ¿Por qué no hay ni un solo diario en todo el país que juegue justo con sus lectores? (…) ¿No se dan cuenta que cualquier periódico o revista que trate simplemente de decir la verdad está destinado a triunfar en la ciudad?  

Muchos años antes de que McCoy escribiera su rabiosa ficción, los hermanos Flores Magón la habían experimentado en la realidad mexicana que les tocó vivir, a finales del siglo XIX y principios del XX.  Con más de 20 clausuras de periódicos y revistas a su cargo, los hermanos Ricardo y Enrique sabían del ánimo perseguidor de Porfirio Díaz. Tuvieron que exiliarse en Nueva Orleáns, y desde ahí construyeron el más imaginativo sistema de distribución e impresión del que tenga memoria el periodismo: ellos enviaban por correo hormiga sus materiales periodísticos (¡aprovechando el moderno sistema de correos del porfiriato!) a distintas ciudades de México, por ejemplo Veracruz, Puebla, Querétaro, San Luis o Guanajuato. Se iban juntando los materiales y se imprimían cuando estaban ya completos, en una ciudad estratégica (pequeña)  sobre la cual Porfirio no sospechaba nada. De ese modo, los Flores Magón sin estar en México lo estaban, de mejor manera que aquellos periodistas que respondían como falderillos al dicho porfirista predilecto sobre la prensa supuestamente crítica: “¡Ese gallo quiere maiz!”

El periodismo se ha relacionado conflictivamente con el poder, como es el caso emblemático de los Flores Magón. También, el periodismo se ha relacionado de manera servil con el poder.  Ahora bien, ¿qué pasa cuándo el periodismo por sí mismo encarna cierto poder?, veamos tal dilema leyendo a Milan Kundera, en un fragmento de su novela La Inmortalidad (1989):

En otros tiempos había un gran hombre que simbolizaba la fama de un periodista: Ernest Hemingway. Toda su obra, su estilo conciso y concreto, tenía sus raíces en los reportajes que enviaba cuando era joven, a un periódico de Kansas City. Ser periodista significaba entonces acercarse más que nadie a la realidad, recorrer todos sus rincones ocultos, ensuciarse las manos con ella. Hemingway estaba orgulloso de que sus libros estuvieran tan abajo, junto a la tierra misma, y al mismo tiempo tan alto, en el cielo del arte. (…) ¿Quién es por lo demás, el periodista más memorable de los últimos tiempos? No es Hemingway, quien escribía sobre sus experiencias en las trincheras del frente; no es Orwell, quien pasó un año de su vida con los pobres de París; no es Egon Edwin Kisch, conocedor de las prostitutas de Praga, sino Oriana Falacci, quien entre 1969 y 1972 publicó en el semanario italiano L’Europeo un ciclo de conversaciones con los más famosos políticos de la época. Aquellas conversaciones eran algo más que simples conversaciones; eran duelos. Los poderosos políticos, antes de advertir que se estaban batiendo en condiciones desiguales –por que las preguntas podía hacerla ella y ellos no- ya se retorcían noqueados sobre la lona del ring.

Aquellos duelos eran el signo de que los tiempos habían cambiado. El periodista comprendió que lo de hacer preguntas no era simplemente el método de trabajo de un reportero, que realiza modestamente su trabajo con una libreta y un lápiz en la mano, sino un modo de ejercer el poder. Periodista no es aquél que pregunta, sino aquél que tiene el sagrado derecho de preguntar, de preguntarle a quien sea lo que sea. ¿Acaso no todos tenemos ese derecho? ¿Y no es acaso la pregunta un puente de comprensión tendido de hombre a hombre? Quizá. Por eso precisaré mi afirmación: el poder del periodista no está basado en el derecho a preguntar, sino en el derecho a exigir respuestas.

El periodismo, en su faceta de cuarto poder, se desprende de las anteriores reflexiones novelísticas de Kundera. El poder de exigir respuestas es el poder de juzgar, pero a la inversa, ¿quién juzga a los medios periodísticos? Aquí caminamos en plena oscuridad.

 

IV

Autocrítica: el lado oscuro de la luna  

Se dice que los jueces de los medios son los lectores y los distintos tipos de público que se generan alrededor, según sean el medio. Pero no parece que dicha supervisión implique un juicio con una consecuencia significativa para los medios. Quien mejor lo ha dicho es Ignacio Ramonet, en el texto ya citado al principio de este reportaje (2004) sobre el periodismo como instantaneísmo. La cita es demoledora por el pendiente ético que revela sobre los medios y el periodismo que ejercen:

Es necesario que los medios analicen su propio funcionamiento. Los medios ya no pueden presentarse simplemente como un ojo que mira, y que no puede verse. Es cierto que el ojo ve, y no puede verse, pero esta metáfora no puede aplicarse a los medios de comunicación, porque han dejado de tener esa característica propia del periscopio o de cualquier instrumento óptico privilegiado. Todo el mundo los ve y todo el mundo sabe de alguna manera que no son perfectos. La gente espera de los medios  que hagan una autocrítica, que se analicen a sí mismos. De la misma manera que los medios pueden ser exigentes con tal o cual profesión o sector, ¿por qué no lo son con ellos mismos?

Estoy convencido de que los medios de comunicación deben  proceder a análisis más serios sobre su propio funcionamiento, aunque sólo fuera para que todo el mundo supiera cómo trabajan y que no son reacios a la inspección, la introspección y la crítica. No han de tener una posición privilegiada. No están sólo para juzgar a los demás, sin poder ser juzgados a su vez. Es importante que, cuando se cometen errores, se reconozcan. Sólo así se hace pedagogía. Esta idea avanzará, aunque sea lentamente, porque es muy cómodo juzgar sin ser juzgado.

 

¿Cómo conciliar la cara superficial de los medios electrónicos en el mundo, con la urgencia ética de autoexaminarse? Si hay ligereza, no hay autocrítica. Menudo problema, que Carl Bernstein, periodista norteamericano conocido mundialmente por detonar el Water gate nixoniano (junto con Bob Woodward), plantea con gran sencillez, sin perder complejidad: “La prensa es el gran tema que la prensa no toca”.

Y es que más que autocrítica, lo que priva en el periodismo mexicano son rasgos de censura y autocensura. Veamos una frase reveladora de Gabriel González Molina: “Noticia es algo que alguien, en algún lugar, no quiere que se publique”.  De tal suerte que la veracidad sale –en silencio- de vacaciones, y las coberturas mediáticas siguen esta regla no escrita: decir muchísimo del entorno lejano, y decir muy poco del entorno local. Aquí se requiere ir más allá del afán de denuncia. Se necesita un proceso de investigación y luego una técnica expresiva. No se vale primero un compromiso ideológico. El primer compromiso del periodista es con la sintaxis, que luego viene lo demás. No se niega la ideología como elemento de identidad cultural incluso, pero debe reconocerse a su vez que el buen periodismo va más allá de camisas partidistas y los intereses económicos que rodean a la empresa periodística.

 

V

Periodismo: sugerencias a domicilio

¿Qué hacer? Revisar los parámetros de grandes periodistas. Se aprende mucho con leer a los maestros del oficio, como Julio Scherer (1995) cuando aborda la tensa relación entre periodismo y política:

Políticos y periodistas se buscan unos a otros, se rechazan, vuelven a encontrarse para tornar a discrepar. Son especies que se repelen y se necesitan para vivir. Los políticos trabajan para lo factible entre purgas subterráneas; los periodistas trabajan para lo deseable, hundidos en la realidad. Entre ellos el matrimonio es imposible, pero inevitable el amasiato.

En cuanto a parámetros técnicos aderezados con sensibilidad, véase la siguiente joya de Riszard Kapuscinski (1996), para muchos el mejor periodista del siglo XX:

Se requiere una selección,  y la valoración que distingue lo importante de lo que no lo es, resulta decisiva. Se trata de escribir tan poco como sea posible, de seleccionar cuidadosamente, de descartar, cortar, reducir, tirar y conservar una de de cien observaciones. Este proceso carece, en mi caso, de reglas: la intuición y mis conocimientos son los únicos criterios a los que me atengo. A menudo la evaluación y la renuncia constituyen una auténtica tortura psicológica. (…) En mis reportajes utilizo exclusivamente aquellas imágenes que ofrecen un trasfondo de reflexión. La televisión ofrece incesantemente imágenes del mundo, pero es incapaz de acompañarlas de reflexión. La solución sólo puede radicar en esta vinculación de imagen y reflexión. Uno ve determinada imagen y trata de explicar lo que no muestra y, al mismo tiempo, esa imagen es la única clave de dicha reflexión.  

El periodismo comienza con un lobo solitario, en la visión de Kapuscinski, aunque luego ese lobo tenga que probar que pertenece a la manada.

En los últimos años, el periodismo se desarrolla como una labor de equipo, mucho más cuando los sujetos trabajan a toda velocidad con las nuevas tecnologías. Un apunte histórico notable, que serviría para regular el trabajo periodístico ante la proliferación de las nuevas tecnologías, pertenece a Alexis de Tocqueville en su libro La democracia en América (1835):

Cuando los hombres dejan de coaligarse entre sí de manera sólida y permanente, quienes deben ayudarse en un fin común se niegan a poner manos a la obra si no se les persuade de que su interés particular les obliga a unir voluntariamente sus esfuerzos a los esfuerzos de los otros.

Esto sólo puede hacerse habitual y cómodamente por medio de un periódico, sólo un periódico infunde en espíritus el mismo pensamiento. Un  periódico es un consejero que no hay que buscar, sino que se presenta voluntariamente y nos habla cada día y con brevedad del asunto común, sin apartarnos ni distraernos de los propios. Los periódicos resultan, pues, más necesarios a medida que los hombres se hacen más iguales y más temible el individualismo. Sería disminuir su importancia creer que sólo sirven para garantizar la libertad, cuando son los que mantienen la civilización.

No puedo negar que en los países democráticos los periódicos comprometen a menudo a los ciudadanos en empresas disparatadas; pero si no hubiera periódicos casi no habría acción común. El mal que producen resulta, pues, mucho menor que el que remedian.

Un periódico no sólo sugiere a un gran número de hombres un mismo designio, sino que les procura los instrumentos que por sí mismos no habrían conseguido.       

  El gran historiador francés brinca dos siglos con sus palabras y nos lega una idea preciosa: la fuerza del periodismo resulta de ser una plataforma para pensar juntos sobre problemas compartidos. En esto, las nuevas tecnologías ofrecen la oportunidad de convertirse velozmente en puentes para unir mentalidades, sin que esto signifique unanimidad, porque los consensos deseables no se representan con una idea única, sino con varias ideas que se fusionan para representar lo mejor posible a una mayoría negociada. Esa es la democracia en la que creía Tocqueville. Esa es la ‘democracia’ del periodismo. Una democracia de valor comunitario, aunque los monopolios mediáticos no quieran despedirse (¿cómo?) y los políticos no hagan mucho al respecto de nuevos criterios para desarrollar empresas periodísticas,  o reestructurar las ya existentes. ¿Monopolio mata sociedad civil? Hasta ahora, así ha sido en México.

VI

Las cosas siguen igual: siguen cambiando

Volvamos al principio: sobre periodismo nunca se escribe lo suficiente. El buen periodismo siempre muestra, y no oculta. Por lo menos, no oculta intencionalmente. Se quedan muchas cosas fuera de la cobertura, pero ése no parecería cantar ocultista, sino factor que atiende a los recursos y la infraestructura de un medio. Una lección posible para los periodistas mercenarios –que ocultan y acaso cobran no por publicar, sino por ocultar- es la que Umberto Eco desarrolla sobre uno de sus personajes novelísticos: “Acostumbrado  como estaba a ocultar, era habilísimo también en descubrir”. Ojalá pudiera decirse lo mismo de algunos de ellos.

La labor periodística termina sólo en sentido figurado, porque siempre queda el próximo número por hacer, la próxima investigación por realizar, el siguiente artículo que terminar, la entrevista que quedó pendiente.

El mundo no se detiene, el periodismo tampoco.

Ya lo sabía Gore Vidal: “En la vida no hay respuestas: sólo se acumulan nuevos datos”. En la vida periodística, cabe aclarar. Porque cada quien tiene las respuestas que ha perfilado a lo largo de su vida. Cada quien, dice Julio Scherer, carga con su propia biografía.

Y a seguir trabajando.         

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