Los predilectos del mercado

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Cuando hay monopolio, no existe libre mercado. Por ello, las grandes corporaciones del mundo funcionan con una paradoja: exigen facilidades a los gobiernos nacionales, lo mismo que nichos comerciales, mientras sostienen la bandera del libre mercado. Hace 20 años, el experto economista estadounidense, John Kenneth Galbraith, comentó que a la hora de cobrar impuestos los gobiernos no tenían que tentarse el corazón para molestar a las grandes corporaciones, “porque las corporaciones se defienden solas, con el poder que acumulan en el camino”. Razonamiento que no han seguido los gobiernos nacionales, pues otorgan más ventajas a quienes tienen la cancha a favor. Eso ocurre en muchos países, no sólo en México. En su momento, años 90s del siglo XX, el presidente estadounidense Bill Clinton no hizo caso a Galbraith.

El mercado es cautivo de las corporaciones que eliminan la competencia con tácticas desleales. Se trata de mercados protegidos, lo que desalienta la competencia (motor del libre mercado en sentido clásico). Y no hablo de corrupción, sino de reglas de juego a modo para los grandes que así se comen a los chicos. Legalidad a la medida de las grandes corporaciones. Los empresarios multimillonarios que detentan la conducción de las grandes corporaciones en México saben negociar con funcionarios de gobierno y legisladores, obtienen información privilegiada para especular en sentido financiero y manejan hilos mediáticos a la medida de sus ambiciones. Hablo de Telcel y el Grupo Carso, Televisa, TV Azteca, el grupo Monterrey, ICA, entre otras corporaciones que reciben trato preferencial en la ventanilla de Hacienda y en la Secretaría de Comunicaciones.

Entonces, ¿el camino de la justicia social sería debilitar a esas grandes corporaciones? No necesariamente, porque los bienes, productos y servicios tienen que circular. Eso está claro y la izquierda se equivoca cuando mira a los empresarios como enemigos permanentes. De cualquier modo, visto el panorama económico actual, urgen regulaciones y una retribución más significativa de la riqueza de las grandes corporaciones hacia los gobiernos nacionales. Eso permitiría que muchos de los discursos de los multimillonarios (Slim, Azcárraga, Garza Sada, Harp, Salinas, Roberto Hernández) cuadraran con algunos de sus hechos.

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