De la soberbia y otras enfermedades políticas

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“Memento mori” recuerda que eres mortal, era la única frase que repetía el soldado romano, que había sido contratado exclusivamente para eso, para hablarle al oído al Emperador o al General en Roma que regresaba victorioso de la guerra, para que la soberbia no lo cegara y no pensara que era un Dios, sino simplemente un ser humano, peor aún un mortal, alguien que algún día dejaría este espacio terrenal y cuya existencia, si bien le iba, sólo quedaría en recuerdo.

Esto quiere decir que la enfermedad de la soberbia no es nueva en la política; el mismo Cosío Villegas en los años 70 ya relataba, que la silla presidencial, tenía poderes “mágicos” quien se sentaba en ella de pronto era omnisapiente, omnipotente y nadie podía contradecirle. Poseía toda la verdad, a la pregunta expresa de ¿qué hora es? Había que contestar, la hora que Usted diga señor Presidente.

Así fue como se construyeron las obras faraónicas, enormes elefantes blancos inútiles e inservibles, pero en su momento significaban una genialidad del Presidente, un momento de iluminación del mandatario que lamentablemente era pagado con el dinero del lastimado pueblo.

De dictador en dictador como como bien señalaba Vargas Llosa, al referirse a la dictadura perfecta, se derrumbaba lo anterior, para ahora sí llegar a la modernización. De experimento en experimento, la clase política mexicana se fue llenado de políticos con una ambición desmedida de poder; el reconocimiento, la fama, el dinero, la fortuna, cual si fueran estrellas de rock, ha significado el opio de los políticos y las políticas de nuestro país.

Las historias se repiten, hombres y mujeres que tenían una posición económica precaria, que en su infancia y juventud enfrentaron vicisitudes y dificultades, que seguían el modelo aspiracional de Juárez, de pastor de ovejas a Presidente de la República y que un buen día, la fortuna les sonrió, los hicieron funcionarios, alcaldes, regidores, diputados, ministros… pero oh sorpresa, la enfermedad de la soberbia estaba ahí, para inflarles la cabeza como un globo.

Su  forma de ser, de hablar y de vestir cambió; de pronto trajes de diseñador, todo un conocedor de vinos y cortes finos, con gustos refinados en relojes, automóviles, casas yates, ranchos. Lejos quedaron sus iguales, sus pares, su conciencia de clase según Marx. Ahora su palabra crea, transforma y su vida es sumamente necesaria para que el mundo pueda caminar, para que su pueblo, su ciudad, su estado o su país sigan su ruta “hacia el desarrollo” sin él o ella no se puede, todo quedaría estancado. Memento mori.

Cuanto hace falta ese humilde soldado romano en los gobiernos de todos los niveles, para decirle al servidor público, que es un ser limitado, que puede igual que los demás, que no existen investiduras que si se le ha honrado para servir a los demás entonces no es jefe, es empleado, que está ahí de manera circunstancial, que un día estará y al otro no. Que llevamos algunos miles de años en esta civilización y que su gestión no será un parteaguas en la historia.

Si usted es funcionario, coincide con esta descripción y está leyendo esto, no se alarme no es en contra suya, es por todos y por ninguno. Ahora bien, si usted es de los que con cargo o sin cargo sigue siendo el mismo; está consciente que usted no manda, sino obedece a un pueblo y que el pueblo le paga; felicidades usted si hace falta en donde está y no necesita saber que su encargo dura solo un ratito.

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