“El cielo de los presos”, sacude conciencias

“El cielo de los presos”, sacude conciencias
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El movimiento del 68 es en México una expresión de lo que existe hasta nuestros días: la represión, la falta de libertad para manifestarse, la lucha estudiantil, la organización de los jóvenes y lo que nuestro sistema político sigue arrastrando hasta nuestros días.

El cielo de los presos, escrita y dirigida por Mauricio Bañuelos, muestra la historia del movimiento del 68 momentos después de haber ocurrido la represión y las vivencias de cuatro detenidos en el Campo Militar número 1. Cuatro hombres a través de los cuales se descubren diferentes puntos de vista de una misma realidad, con el contrapunto de dos militares y una joven desaparecida durante el tiroteo: Miguel, interpretado por Kristyan Ferrer, es un joven ingenuo y sensible que entró al movimiento al enamorarse de una chica con la que se acaba de comprometer (Tatiana del Real) y con la que asiste a la marcha. Chuy (Gonzalo Vega Jr.) y Simón (Alfredo Gatica), son dos miembros del Comité de Huelga que participan con ideales diferentes y su encuentro en prisión los confronta. Ramiro (Aarón Balderi) es un padre de familia que fue apresado por equivocación y que ha dejado solos a sus hijos y a su anciana madre.

La problemática de cada uno de los personajes tiene mucho potencial y lleva a la obra por diversos vericuetos personales, entrelazados a través de la dinámica que genera la convivencia y los vínculos que se establecen. Los presos son atemorizados por los militares que los custodian y en El cielo de los presos son representados por el jefe y su subalterno. Pastrana, interpretado por Jorge de los Reyes y Héctor Kotsifakis alternadamente, es un personaje cruel que ha enfriado sus sentimientos en pos de cumplir con su deber represivo; y su subalterno (Emmanuel Orenday) lleva consigo una contradicción a raíz del vínculo familiar que complica su labor y hace crecer el planteamiento de la obra.

Los personajes y sus respectivos conflictos permiten el progresivo conocimiento de cada uno de ellos, y sienta las bases para polarizar la situación en la última parte de la obra. Aun cuando el texto tiene caídas dramáticas –en las partes narrativas e ilustrativas del pasado, por ejemplo–, el drama se sostiene y logra involucrar al espectador tanto emocional como políticamente.

Los actores se comprometen con su trabajo, sobresaliendo el de los que interpretan al jefe militar y al padre de familia por la verosimilitud en su interpretación, quedando un poco superficiales y exageradas las actuaciones de Kristyan Ferrer y Alfredo Gatica. En Gonzalo Vega Jr. se percibe el inicio de su carrera y logra momentos contundentes. Tatiana del Real cumple con su papel aunque desconcierta esa necesidad de un calzado con altos tacones, imposibles de usar en esos momentos.

La visión de El cielo de los presos enriquece, en mucho, el imaginario creado alrededor del movimiento del 68. En teatro, Felipe Galván ha hecho hace ya casi una década una interesante antología al respecto, Teatro del 68 y tenemos variadas manifestaciones más: Octubre terminó hace mucho tiempo de Pilar Campesino, Me enseñaste a querer de Adam Guevara, Olimpia 68 de Flavio González Mello, Para la libertad de Omar Olvera, entre muchos otros.

El cielo de los presos es un melodrama que sacude conciencias y contribuye a dar a conocer un movimiento que tal vez a las nuevas generaciones les parezca lejano. Con el pasado podemos escuchar a nuestro presente, recordar a los estudiantes de Ayotzinapa asesinados por el ejército y tantos otros muertos o encarcelados. Es una buena obra que enriquece al espectador que apenas se acerca a este universo e implica afectivamente a los involucrados de una manera u otra, con una lucha que todavía continúa.

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